El patrimonio natural está íntimamente ligado al patrimonio cultural de una comunidad, quizás en la práctica y más allá de las convenciones es difícil entenderlos de manera aislada, ya que la naturaleza es una alianza entre lo humano, lo animal y lo vegetal, siendo la cultura parte integra de los procesos que vive nuestro entorno natural. Por lo mismo nos fue imposible entender el patrimonio natural de la localidad de Quintay sin sus relaciones con los seres humanos que lo habitan. Y es que pescadores, recolectoras/es de orilla, buzos y agricultores van día a día urdiendo historias conjuntas, construyendo una cultura propia.
A continuación compartimos con ustedes algunas historias que surgieron en los talleres participativos que hicimos abiertos a la comunidad, donde pudimos rescatar los usos, saberes e historias que los habitantes tenían con relación a su biodiversidad. Esperamos con el tiempo ir sumando más relatos que nos permitan ir dejando un legado sobre la tradición oral de nuestra localidad para las futuras generaciones.
Habían días, en que después de un temporal fuerte, iba toda la familia a buscar unos caracoles muy pequeñitos, unos negros negros, muy pequeños que salían en los huiros que quedaban a la orilla de la mar, a esos caracoles le decíamos los cagones, ¡sacábamos sacos!.
La estrategia era pescar el huiro, levantarlo, y moverlo con fuerza para que cayeran todos. Una vez en la casa con los sacos, los cocíamos en ollas y luego estábamos toda una tarde, cada uno con un plato y una aguja sacándoles la comidita de las conchas, ¡son una miniatura!. Y eran tan sabrosos, preparábamos unos causeos riquísimos. De hecho nosotros todavía vamos a buscar. Después de un temporal hay que tomar esos huiros que quedan ahí en el borde de la playa, los levantas y salen millones de cagones.
Cuando yo era chica tuve un pingüino, llego herido, estaba con el alita mala, nadie se atrevía a tomarlo así que lo agarre, deje que me picoteara hasta que se cansara y me lo lleve a la casa. Lo curamos y se quedo de mascota. El bajaba a la playa a bañarse y después volvía, al principio lo teníamos en un estanque y lo llevábamos a la playa amarradito de una patita para que volviera donde nosotros hasta que se acostumbro.
Y en ese tiempo mi papá hacía las reuniones de la junta de vecinos en mi casa y el pingüino era la atracción, porque estaban en una reunión y de repente sentían golpeteos en la ventana y era el pico del pájaro que estaba aleteando afuera para que lo dejaran entrar. Y él entraba y se daba unas vueltas alrededor de la gente, se pegaba unas cagadas por ahí y se iba. Y cuando entregaron los títulos de dominio en la plaza, yo salí con él, porque era como un perrito, tenía su gorrito y una chaquetita de marino ¡lo vestíamos!. Entonces andaba alrededor de toda la gente cuando entregábamos los títulos de dominio.
Era tan lindo, era tan mansito, que se iba a bañar solito a la caleta y volvía cuando nosotros lo llamábamos, y un día cualquiera paso alguien y me lo robaron, un auto me lo llevo.
El Caruzo viejo crio un Jote, lo encontró herido, chiquitito y andaba con él para todos lados. Le ponía música de cámara, Vivaldi, Beethoven, de todo, hasta que se murió. Y andaba para todos lados con su Jote.
Mi abuelo era de buena familia, venían de España, pero él era un aventurero, era la oveja negra de la familia. Cuando era joven lo castigaron y lo metieron al servicio militar, porque era un castigo para los cabros irse al servicio en esos tiempos, estuvo ahí como 5 años. Durante ese tiempo se hizo el Guaripola de la banda, fue el mejor Guaripola, tanto que viajo a varias partes a presentarse. Y después de un viaje que tuvo que hacer a EEUU por un encuentro de Guaripolas deserto del ejercito. Contaba él cuando yo era chica que se vino desde Arica, caminando por el desierto con dos amigos más que también habían desertado, uno se les murió en el camino, y los otros dos llegaron Valparaíso. Como era la oveja negra y ahora desertado, a la casa no llego. Se fue donde la abuela, pero al poco tiempo ella también lo echo. Desde ahí comenzó a trabajar en el puerto recibiendo los barcos mercantes, y en eso vino a Quintay y conoció a mi abuela. En ese entonces mi abuela tenía 11 años, y él era un viejo de 34 años. Como le gusto fue a hablar con el papá de mi abuela y le dijo que él iba pretendiéndola. Pero ella en ese entonces estaba pololeando con un cabro de San Antonio, que venía de allá en bote a pescar hasta Quintay.
Un día el papá le dijo a mi abuela: este caballero te pretende y te va a venir a ver cada cierto tiempo hasta que se casen. ¡Imagínense! Ella contaba que se sentaba en una silla y no dejaba que él la tocara. Cuando se casaron le pusieron en el registro de matrimonio que ella había cumplido 13 años, y ella recién había cumplido los 12, porque según la ley que había en ese momento las niñas se podían casar desde los 13 años. Y se caso con mi abuelo, dice que ella estuvo como un mes durmiendo en una silla, que mi abuelo nunca le decía Eugenia, sino que le decía Quenita ven a acostarte, y ella le decía: ¡No! Hasta que un día se quedo dormida y ahí perdió, él finalmente se la llevo a la cama. Tuvieron 7 críos, se le murieron 3. Ya con el tiempo al final ella se enamoro de él. Mi abuela era media loca, una mujer muy hermosa, tenía unos ojos azules con verde, unos ojos maravillosos, rubia.
Y él nunca dejo de ser un aventurero, con los años le dio la idea de buscar oro, y tenía unos frascos, maletas, martillos, martillitos, martillones, unas cositas pequeñas, molía piedras y tenía unos frasquitos con polvo de oro. Yo lo veía tardes enteras sentado en una mesa moliendo cuestiones. Iba a buscar todo a una mina que estaba en la playa Los Lilenes, yo fui muchas veces con él, y dice que siempre le salía un culebrón, de ojos rojos, un animal muy viejo que vivía ahí. Si esa cuestión es como una isla, no llega el mar, es ahí debajo de la casa del Señor Munizaga, hay una cuevita a la orilla de la playa, ahí en esa cueva el abuelo se pasaba días enteros.
Y en ese momento varios lo siguieron, le metió la idea a los demás, porque él tenía una idea referente a algunas historias que habían acá y según cosas que se veían. Se decía que en estas playas se había hundido un barco español, y se pasaban el día buscando en la costa, buceando buscando un tesoro. Pero después ya lo abandonaron porque hay necesidades, los niños, hay que comer, y toda la cuestión. Entonces él se quedo sólo en su quimera, porque como él tuvo un accidente, andaba con un bastón, a él lo jubilaron, entonces mensualmente él recibía su jubilación así que no necesitaba trabajar, y después mi tío Jonas comenzó a trabajar y ayudar en la casa y todo.
Me abuelo se llamaba Germán Farías Molina y tenía muchas historias que nos contaba. Siempre decía que veía al diablo. Y yo de chica siempre andaba a la siga de él.
Y yo andaba atrás de él. Mayormente él nunca encontró un tesoro, pero fue su vida. Fue un trota mundo, anduvo por muchos países, después llego aquí y se quedo acá.
Cuando éramos niños nosotros bajábamos a bañarnos a la playa, pero era una cuestión de que nos bañábamos desesperados, piquero tras piquero, sin parar. Y la mirada de todos nosotros pendiente de que llegaran los viejos al salón, entonces de repente cuando cachábamos que llegaban los viejos nos salíamos del agua, sobre todo los más grandes, los más chicos se quedaban un rato más en el agua. Y nos poníamos al lado del salón, tendidos en la arena, y llegaban el hermano Domingo, chico Nicolino, mi tío Jonás, el Isaac, todos los pescadores viejos. Y se ponían a contar sus historias de cuando salían a la mar, de cómo tomaban la ola, y los atunes, y la noche y las cosas que se veían, y nosotros fascinados alrededor de ellos, y se nos pasaba la tarde con ellos, y se reían. Incluso a veces íbamos a enterrar un muerto y en el camión seguían contando historias y todos íbamos muertos de la risa.
Y esta era una tradición muy bonita que existía antes, de reunirnos en familia a contar historias, una tradición que con la televisión y la radio se perdió con el tiempo.